Existen muchos factores que atentan contra el crecimiento de la Iglesia, pero se evidencia uno muy popular en nuestra comunidad, la apatía. La apatía es el desinterés, falta de motivación o entusiasmo que nos hace incumplir el segundo Gran Mandamiento, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La iglesia del siglo XXI, viviendo en la postmodernidad, ha adoptado modelos culturales que enfatizan el sentimiento por encima de la razón perdiendo así el equilibrio de los verdaderos adoradores (Jn. 4:24), se ha encerrado en su templo y entretiene a los visitantes como una película de Netflix, se ha enfocado en satisfacer el “Yo” y no en para qué “Yo” existo. Cristo menciona la palabra “Yo soy” varias veces en el Evangelio de Juan, pero no se centraba en él solamente como el Hijo de Dios, el verdadero Dios hecho carne, sino en la misión que vino a cumplir. “Yo soy…”  el pan de vida (6:35), la luz del mundo (8:12), la puerta (10:9), el buen pastor (10:11), la resurrección y la vida (11:25), el camino, la verdad y la vida (14:6), la vid verdadera (15:1), todos indican su propósito en esta tierra. Cristo cumplió su misión, vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lc.19:10), se centró en el pecador y murió por todos ofreciendo la solución para sus vidas desde ahora y por la eternidad. La iglesia de la postmodernidad que tienda a centrarse en ella misma, en crecer y no en rescatar a los perdidos y enviar personas para el Reino, se puede convertir en una compañía de entretenimientos y atracción como un parque temático de Disney. Es hora de despertar de la apatía que nos petrifica, de mirar hacia afuera, de conquistar al mundo con el Evangelio sabiendo que la solución está en Cristo. La iglesia postmoderna debe contextualizarse, pero no sincretizarse, debe trazar la estrategia que alcance a las personas en su mundo, y mostrarles las falacias de la vida que lo tienen atrapado, dándole la solución para sus vidas por medio de Jesucristo y su relación con el Espíritu Santo.

 

El mandato es ir y hacer discípulos a todas las naciones, es nuestra responsabilidad, nuestro privilegio (que los ángeles desean y no les es concedido), es nuestro gozo, nuestra corona, es la satisfacción que produce servir al Rey, es ver a los familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo o cualquier persona en el verdadero camino, es librarlos del infierno, es arrebatárselos al diablo, es pelear la buena batalla, es ganar la carrera, es guardar la fe, es eliminar la apatía y cumplir el segundo Gran Mandamiento. Despertemos del letargo y centremos nuestra mirada en un mundo que se pierde y cumplamos el propósito al que fuimos llamados como iglesia:

 

“Glorificamos a Dios (meta) mediante el amor que unifica (móvil) extendiendo nuestras manos (modo) para llevar la Palabra de fe y esperanza (mensaje) al mundo (mira)”